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La vida es como el mear

Manneken_Pis_Brussel

A veces me pasa que voy al baño a aliviarme (uno de los pocos placeres cotidianos que nunca pasan de moda) y, cuando estoy ahí, de pie, pensando en que las humedades del techo están cada vez peor, me sube un ligerísimo aroma que a menudo identifico con el curry del arroz del mediodía o el vaso de leche que tomé diez minutos antes. Es muy tenue y diáfano (cualquier otro olor lo taparía), pero perfectamente reconocible.

Hace poco iba por la calle con unos amigos y, cruzando un callejón de esos oscuros que son el hábitat natural de los matones de Hollywood, uno de ellos exclamó “¡Vaya peste a ‘meao’!“. Era verdad, olía a meado. El meado huele mal, todos lo sabemos. Probablemente el autor del producto en forma de charco entre dos contenedores había comido pollo frito o hamburguesa, y habría bebido cerveza hasta hartarse. Pero el meado no olía a hamburguesa. Olía a meado. Olía mal.

Mi meado también olía a meado. Y olía igual de mal que el de los demás, pese a que yo no lo advirtiese en mi recreo diario en el servicio. ¡Qué horrible sería ser consciente de que uno hace algo tan desagradable cada día!

Que actúes siempre igual y no te des ni cuenta no quiere decir que lo hagas bien. Y, lo que es más importante, no quiere decir que los demás no se den cuenta. La vida es como el mear: hay cosas que hacemos mal y no podemos cambiar, pero conviene ser conscientes de que las hacemos.

Robado vilmente del Facebook de alguno de mis anónimos contactos

 

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