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Tres mundos

En los últimos días se notaba distante, como si ya no perteneciera al mundo. La gente seguía recorriendo los pasillos, seguía reuniéndose en los grandes salones del castillo, pero él no; él se sentía solo. ¿Cómo podía sentirse solo cuando el mundo estaba pendiente de él? Lo tenía absolutamente todo, salvo una cosa. Y la sentía cerca, como si estuviera a su lado; cada día, a cada instante. Pero ya no estaba, cuando más la necesitaba. Había decidido esperar, por si volvía, pero no hallaba respuestas, sólo silencio, un silencio que, según pasaban los días, se volvía más y más opresivo, casi acosador.

Sin saber muy bien cómo, los pies le condujeron hasta su habitación. Entró, rodeó el escritorio y se sentó. Aquel lugar estaba muy vacío sin ella. La culpabilidad se le echaba encima cada vez que permanecía más de unos segundos en esa habitación, consumiendo lenta pero imparablemente los últimos resquicios de paz que quedaban en su agotada mente. Eran esas cuatro paredes las que le recordaban el peso que llevaba sobre sus hombros, ahora que no tenía más elección. Sólo podía actuar pero, ¿cómo?

Se encontraba en un punto de no retorno, y ante él se erigía la que probablemente fuese la decisión más importante de su vida; tras muchos días dándole vueltas, había llegado a la conclusión de que era o él o el mundo. ¿Debía mantener los principios en los que siempre había creído? ¿Debía desempeñar el papel de héroe lo mejor que pudiera? ¿O quizá optaría por la vía fácil, la vía de la libertad, la que siempre había deseado, traicionando todos sus valores y decepcionando a todos los que se preocupaban por él? Una media sonrisa se dibujó en su sombrío semblante. ¿De qué principios estaba hablando? Todos los que pensaba tener no eran más que producto del autoconvencimiento. ¿Y quién se preocupaba por él? Era más que evidente que nadie, realmente; ya no. Sólo era necesario cuando los demás tenían un problema, nadie se había parado a pensar en él ni un momento. “Tienes que hacerlo”, “Es tu obligación”, “Debes hacer lo que te digamos”, “Es por el bien de todos”.

Con estos pensamientos, se levantó airado, mientras cogía su túnica del respaldo de la silla y se la colocaba. Pensó en salir por la puerta, pero no tenía ganas de cruzarse con más gente; no quería ver sus falsas sonrisas y esas miradas en las que se entremezclaba el terror y la súplica. Se acercó a la ventana y saltó. A fin de cuentas, pensó, esa era la otra salida. La vía rápida. Cuando sus pies tocaron el suelo, casi lamentó no ser humano.

Echó a andar por los terrenos del castillo, esta vez con una dirección muy concreta. La línea de la costa se dibujaba en el horizonte, pero la niebla le impedía ver con precisión el destino final de su trayectoria. El ambiente húmedo hacía que su pelo emitiera pequeñas descargas de electricidad estática, y cuando llegó al filo del acantilado pensó en que, pese a no ser humano, una caída en el mar acabaría con él y lo disolvería como si fuese un terrón de azúcar. Se sorprendió a sí mismo agarrando su colgante triangular de manera inconsciente, y comenzó a bajar por el sendero de piedra hacia la playa.

La cueva se ocultaba en una pequeña cala, situada al norte. Nunca la había visitado, pero había leído mucho sobre ella. Su todavía espíritu infantil le llevó a emocionarse cuando puso el primer pie en el umbral, pero pronto su ilusión se desvaneció; obviamente, allí no había nada. Se le había ocurrido pensar en la maravillosa posibilidad de que todos sus problemas hallaran solución en aquel habitáculo de roca excavada, pero la realidad le golpeó con dureza: allí sólo había una oscuridad acompasada por el eco de las olas.

Salió de la cueva decepcionado y enfiló el sendero de piedra de los acantilados. Rodeó el castillo por los terrenos y llegó hasta la entrada principal; a esas horas había un gran tránsito de personal del castillo. Él pasó desapercibido entre la multitud (¡por primera vez en mucho tiempo!) y atravesó el aparcamiento principal en dirección a la estación. Estando allí, recordó aquella conversación a la luz de la luna en verano, y deseó poder coger su teléfono y llamar. Se llevó instintivamente la mano al bolsillo, pero recordó que hacía una semana que había destrozado por completo su terminal: había agotado la vía lógica y la ira se apoderó de él, aunque por suerte las únicas víctimas fueron el teléfono móvil y el tabique que derribó al lanzarlo.

Estaba desesperado, y no sabía si alguien se había dado cuenta. La preocupación se reflejaba en su rostro, y estando allí parado sólo esperaba encontrarse con lo que había perdido; esperaba que apareciese mágicamente. Por segunda vez en aquella tarde, se llevó una decepción. Allí tampoco apareció lo que estaba buscando; tal vez el tesoro perdido de la cueva no habría solucionado todos sus problemas, pero le habría dado fuerza para afrontarlos.

Se sorprendió al notar el tacto de una mano en su hombro. Al girarse, la reconoció. En ese momento no lo habría admitido, pero había estado a punto de echarse a llorar, y la aparición de una cara familiar le hizo llenarse inexplicablemente de alegría. Nunca habían hablado mucho, pero se sentía cómodo con ella.

-¿Qué haces aquí? -preguntó ella.

-Estaba despejando la mente, dando un paseo, ya sabes… -titubeó.

-Entiendo… Bueno, tengo que irme…

-No -la interrumpió-. No, por favor, no te vayas. Necesito hablar con alguien.

Ella parecía un poco confusa, pero aceptó acompañarle a dar un paseo. Qué iba a hacer de todos modos, pensó él. Cuando salieron de la estación, el bullicio había aumentado, y ellos parecían ser los únicos que iban contracorriente.Por fin alcanzaron, de nuevo, los terrenos del castillo, y él empezó a hablar. Le contó todo: cómo había llegado hasta el castillo, cómo la había conocido, cómo había estado a punto de perderla y cómo finalmente la había perdido, cómo se había recuperado y cómo, finalmente, se había vuelto a hundir. Pensó que si ella se había llevado alguna impresión de él en ese momento desde luego no debía de haber sido muy buena.

-Veo que has tenido unos días… complicados -se le notaba el esfuerzo por ser empática.

-No quisiera parecer un quejica, pero…

-Lo pareces -dijo ella, casi sin pensar. Se llevó las manos a la boca en señal de arrepentimiento, aunque él juraría que denotó una tímida ironía en su gesto.

-No seas tan dura conmigo, sólo quería distraerme un rato, no es que me esté quejando -trató de justificarse.

-Mira, no puedes andar pensando todo el día en qué van a decir de ti. Tienes que tomar tus propias decisiones, por eso te eligieron líder, ¿no?

-¿Tú no me elegiste?

-No te conocía, no me lo tengas en cuenta -ambos dibujaron una tímida sonrisa-. Pero en serio, necesitas empezar a ser tú mismo más a menudo, el mundo no será tan importante cuando te hayas muerto.

-Vaya, gracias.

-No era un cumplido, era una amenaza -su rostro se tornó serio-. Si mueres arrepintiéndote, ya no podrás cambiar nada. Date el placer de irte contento, al menos. ¿Qué más dará lo que la gente piense de ti? ¡Si vas a estar muerto!

-Tengo que hacer lo correcto, no puedo dejar que…

-¿Que qué? -volvió a interrumpirle-. El mundo no es responsabilidad tuya, ni siquiera la ciudad. Eres el líder de todos los que pertenecemos a este castillo, y eso es lo único que debería preocuparte; eso y tus asuntos personales, claro… Pero ahí ya no puedo ayudarte. Aunque te diré una cosa. Por desgracia, muchas veces pasamos más tiempo preocupándonos por aquellos que realmente no merecen nuestro tiempo, y nos olvidamos de prestar atención a aquellas personas que de verdad merecen la pena. Sé más honesto contigo mismo.

Él la miró de soslayo, y por un momento se preguntó cómo sería. En un segundo le dieron ganas de conocerla, de saber cómo pensaba, quería protegerla y hacerla feliz… pero los recuerdos pesaban demasiado. No quería volver a pasar por eso, dolía demasiado.

-No quiero -ella le miró extrañada-. Me refiero a que no quiero perder más el tiempo con esa clase de personas. Y además, tienes razón, ahora mismo yo soy más importante que el mundo. Sé que necesito hacer algo al respecto, pero no debería dejar que me consumiera… -Hizo una pausa, y volvió a mirarla. La noche había caído y la luz de la luna iluminaba el acantilado hasta el que habían llegado. Habían pasado horas y a él le habían parecido minutos-. ¿Sabes? Creo que es el mejor consejo que me han dado nunca. Gracias.

Ella se limitó a sonreír. Poco después, tras un apacible silencio, decidió que era hora de marcharse y se despidió, dejándole a solas con sus pensamientos. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo; habría estado hablando durante días y no se habría aburrido. Pero tenía que empezar a poner en práctica las decisiones que había tomado esa noche.

De repente, escuchó un disparo. Venía del aparcamiento. El corazón se le aceleró; echó a correr bordeando por tercera vez el castillo. Cuando alcanzó a vislumbrar la entrada principal, lo vio: en una fracción de segundo, un terrible rayo alcanzó la verja y la derrumbó como si fuera de papel. Un grupo de soldados del castillo no tardaron en agruparse frente a las puertas de la fortaleza, y a él le costaba diferenciar quién era quién. El miedo empezó a apoderarse de sus músculos: estaba completamente paralizado ante el poder que se desplegaba frente a sus ojos. Un solo hombre estaba derrotando en solitario a un escuadrón de soldados de su castillo… ¿Qué habría sido de ella, entonces, que no tenía ningún tipo de entrenamiento militar? ¿Qué pasaría si a los demás les daba por defender el castillo?

-¿Vas a moverte o tengo que moverte yo?

Un escalofrío recorrió su espalda. Conocía demasiado bien esa voz. Llevaba toda la tarde pensando en las cosas que quería recuperar, pero precisamente, esa no era una de ellas. Es más, esperaba no volver a oír esa voz nunca. Lentamente se giró y confirmó sus temores.

-No se te puede dejar solo, ¿verdad? Vamos a encargarnos de esto. Juntos. Como antes -su azulada melena ondeaba al aire, y nubes oscuras, amenazando lluvia, comenzaban a ocultar la luna. Y él comprendió, entonces, que el equilibrio es una dualidad, una dicotomía: una pelea entre opuestos, no entre iguales. El clima parecía jugar con sus sentimientos, pues en su interior también se avecinaba tormenta. La primera gota cayó y su rostro se iluminó al electrificarse por completo.