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La realidad

“¿Y si te digo que todo es mentira? ¿Que todo lo que he hecho y he dicho ha sido para hacerme sentir mejor? Al principio me daba igual, te utilizaba a ti y a los demás para satisfacer cualquiera de mis necesidades emocionales; cuando me ponías las cosas difíciles, me resultaba incluso más sencillo. Sentía que podía hacerte daño y utilizarte porque tú hacías algo similar; pero nada más lejos de la realidad. La manipulación se ha convertido en mi más fiel compañera, y a estas alturas creo que ya ni siquiera me conoces, o no tanto como crees, al menos. Me gustaría decirte que eres especial, pero por desgracia esta no ha sido la primera vez, ni la segunda. Lo que me asusta es que no sea la última. He intentado buscar remordimiento dentro de mí, pero lo único que he encontrado ha sido dolor. Dolor porque, una vez más, alguien escapa a mi control, porque alguien que es tan importante para mí acabará desapareciendo de mi vida por puro orgullo. Para mí se ha vuelto una sensación tan familiar como dolorosa, no sólo porque no vea cumplidos mis retorcidos caprichos, sino porque con el tiempo he empezado a odiarme a mí mismo. Me odio porque cuando debería sentirme feliz por otra persona siento rabia. Me odio porque soy incapaz de gestionar mis emociones de una manera sana y humana. Me odio porque soy incapaz de tratar como se merece a la persona que más se preocupa por mí. Y aún así, en lo más profundo de mí, siento que a lo mejor no soy yo el que está equivocado, y tengo miedo que esa oscuridad me acabe dominando por completo y acabe cometiendo un error del que me arrepienta para siempre.”

Pensó en cuánta fuerza de voluntad necesitaría para confesarle todo aquello en ese momento, y muchas más cosas que ni siquiera se atrevía a pensar. Habría dado con gusto todo lo que tenía por sacarse esa espina, pero sabía de buena tinta que aquellas palabras sólo provocarían dolor. El silencio, sólo roto por el tintineo de los cubiertos, se volvió cómplice de sus deprimentes pensamientos, pero su cuerpo no reflejaba el choque de trenes que era su mente en aquel instante. Se limitó a sonreír y continuaron la cena hablando de temas triviales. Como siempre.

Tres mundos

En los últimos días se notaba distante, como si ya no perteneciera al mundo. La gente seguía recorriendo los pasillos, seguía reuniéndose en los grandes salones del castillo, pero él no; él se sentía solo. ¿Cómo podía sentirse solo cuando el mundo estaba pendiente de él? Lo tenía absolutamente todo, salvo una cosa. Y la sentía cerca, como si estuviera a su lado; cada día, a cada instante. Pero ya no estaba, cuando más la necesitaba. Había decidido esperar, por si volvía, pero no hallaba respuestas, sólo silencio, un silencio que, según pasaban los días, se volvía más y más opresivo, casi acosador.

Sin saber muy bien cómo, los pies le condujeron hasta su habitación. Entró, rodeó el escritorio y se sentó. Aquel lugar estaba muy vacío sin ella. La culpabilidad se le echaba encima cada vez que permanecía más de unos segundos en esa habitación, consumiendo lenta pero imparablemente los últimos resquicios de paz que quedaban en su agotada mente. Eran esas cuatro paredes las que le recordaban el peso que llevaba sobre sus hombros, ahora que no tenía más elección. Sólo podía actuar pero, ¿cómo?

Se encontraba en un punto de no retorno, y ante él se erigía la que probablemente fuese la decisión más importante de su vida; tras muchos días dándole vueltas, había llegado a la conclusión de que era o él o el mundo. ¿Debía mantener los principios en los que siempre había creído? ¿Debía desempeñar el papel de héroe lo mejor que pudiera? ¿O quizá optaría por la vía fácil, la vía de la libertad, la que siempre había deseado, traicionando todos sus valores y decepcionando a todos los que se preocupaban por él? Una media sonrisa se dibujó en su sombrío semblante. ¿De qué principios estaba hablando? Todos los que pensaba tener no eran más que producto del autoconvencimiento. ¿Y quién se preocupaba por él? Era más que evidente que nadie, realmente; ya no. Sólo era necesario cuando los demás tenían un problema, nadie se había parado a pensar en él ni un momento. “Tienes que hacerlo”, “Es tu obligación”, “Debes hacer lo que te digamos”, “Es por el bien de todos”.

Con estos pensamientos, se levantó airado, mientras cogía su túnica del respaldo de la silla y se la colocaba. Pensó en salir por la puerta, pero no tenía ganas de cruzarse con más gente; no quería ver sus falsas sonrisas y esas miradas en las que se entremezclaba el terror y la súplica. Se acercó a la ventana y saltó. A fin de cuentas, pensó, esa era la otra salida. La vía rápida. Cuando sus pies tocaron el suelo, casi lamentó no ser humano.

Echó a andar por los terrenos del castillo, esta vez con una dirección muy concreta. La línea de la costa se dibujaba en el horizonte, pero la niebla le impedía ver con precisión el destino final de su trayectoria. El ambiente húmedo hacía que su pelo emitiera pequeñas descargas de electricidad estática, y cuando llegó al filo del acantilado pensó en que, pese a no ser humano, una caída en el mar acabaría con él y lo disolvería como si fuese un terrón de azúcar. Se sorprendió a sí mismo agarrando su colgante triangular de manera inconsciente, y comenzó a bajar por el sendero de piedra hacia la playa.

La cueva se ocultaba en una pequeña cala, situada al norte. Nunca la había visitado, pero había leído mucho sobre ella. Su todavía espíritu infantil le llevó a emocionarse cuando puso el primer pie en el umbral, pero pronto su ilusión se desvaneció; obviamente, allí no había nada. Se le había ocurrido pensar en la maravillosa posibilidad de que todos sus problemas hallaran solución en aquel habitáculo de roca excavada, pero la realidad le golpeó con dureza: allí sólo había una oscuridad acompasada por el eco de las olas.

Salió de la cueva decepcionado y enfiló el sendero de piedra de los acantilados. Rodeó el castillo por los terrenos y llegó hasta la entrada principal; a esas horas había un gran tránsito de personal del castillo. Él pasó desapercibido entre la multitud (¡por primera vez en mucho tiempo!) y atravesó el aparcamiento principal en dirección a la estación. Estando allí, recordó aquella conversación a la luz de la luna en verano, y deseó poder coger su teléfono y llamar. Se llevó instintivamente la mano al bolsillo, pero recordó que hacía una semana que había destrozado por completo su terminal: había agotado la vía lógica y la ira se apoderó de él, aunque por suerte las únicas víctimas fueron el teléfono móvil y el tabique que derribó al lanzarlo.

Estaba desesperado, y no sabía si alguien se había dado cuenta. La preocupación se reflejaba en su rostro, y estando allí parado sólo esperaba encontrarse con lo que había perdido; esperaba que apareciese mágicamente. Por segunda vez en aquella tarde, se llevó una decepción. Allí tampoco apareció lo que estaba buscando; tal vez el tesoro perdido de la cueva no habría solucionado todos sus problemas, pero le habría dado fuerza para afrontarlos.

Se sorprendió al notar el tacto de una mano en su hombro. Al girarse, la reconoció. En ese momento no lo habría admitido, pero había estado a punto de echarse a llorar, y la aparición de una cara familiar le hizo llenarse inexplicablemente de alegría. Nunca habían hablado mucho, pero se sentía cómodo con ella.

-¿Qué haces aquí? -preguntó ella.

-Estaba despejando la mente, dando un paseo, ya sabes… -titubeó.

-Entiendo… Bueno, tengo que irme…

-No -la interrumpió-. No, por favor, no te vayas. Necesito hablar con alguien.

Ella parecía un poco confusa, pero aceptó acompañarle a dar un paseo. Qué iba a hacer de todos modos, pensó él. Cuando salieron de la estación, el bullicio había aumentado, y ellos parecían ser los únicos que iban contracorriente.Por fin alcanzaron, de nuevo, los terrenos del castillo, y él empezó a hablar. Le contó todo: cómo había llegado hasta el castillo, cómo la había conocido, cómo había estado a punto de perderla y cómo finalmente la había perdido, cómo se había recuperado y cómo, finalmente, se había vuelto a hundir. Pensó que si ella se había llevado alguna impresión de él en ese momento desde luego no debía de haber sido muy buena.

-Veo que has tenido unos días… complicados -se le notaba el esfuerzo por ser empática.

-No quisiera parecer un quejica, pero…

-Lo pareces -dijo ella, casi sin pensar. Se llevó las manos a la boca en señal de arrepentimiento, aunque él juraría que denotó una tímida ironía en su gesto.

-No seas tan dura conmigo, sólo quería distraerme un rato, no es que me esté quejando -trató de justificarse.

-Mira, no puedes andar pensando todo el día en qué van a decir de ti. Tienes que tomar tus propias decisiones, por eso te eligieron líder, ¿no?

-¿Tú no me elegiste?

-No te conocía, no me lo tengas en cuenta -ambos dibujaron una tímida sonrisa-. Pero en serio, necesitas empezar a ser tú mismo más a menudo, el mundo no será tan importante cuando te hayas muerto.

-Vaya, gracias.

-No era un cumplido, era una amenaza -su rostro se tornó serio-. Si mueres arrepintiéndote, ya no podrás cambiar nada. Date el placer de irte contento, al menos. ¿Qué más dará lo que la gente piense de ti? ¡Si vas a estar muerto!

-Tengo que hacer lo correcto, no puedo dejar que…

-¿Que qué? -volvió a interrumpirle-. El mundo no es responsabilidad tuya, ni siquiera la ciudad. Eres el líder de todos los que pertenecemos a este castillo, y eso es lo único que debería preocuparte; eso y tus asuntos personales, claro… Pero ahí ya no puedo ayudarte. Aunque te diré una cosa. Por desgracia, muchas veces pasamos más tiempo preocupándonos por aquellos que realmente no merecen nuestro tiempo, y nos olvidamos de prestar atención a aquellas personas que de verdad merecen la pena. Sé más honesto contigo mismo.

Él la miró de soslayo, y por un momento se preguntó cómo sería. En un segundo le dieron ganas de conocerla, de saber cómo pensaba, quería protegerla y hacerla feliz… pero los recuerdos pesaban demasiado. No quería volver a pasar por eso, dolía demasiado.

-No quiero -ella le miró extrañada-. Me refiero a que no quiero perder más el tiempo con esa clase de personas. Y además, tienes razón, ahora mismo yo soy más importante que el mundo. Sé que necesito hacer algo al respecto, pero no debería dejar que me consumiera… -Hizo una pausa, y volvió a mirarla. La noche había caído y la luz de la luna iluminaba el acantilado hasta el que habían llegado. Habían pasado horas y a él le habían parecido minutos-. ¿Sabes? Creo que es el mejor consejo que me han dado nunca. Gracias.

Ella se limitó a sonreír. Poco después, tras un apacible silencio, decidió que era hora de marcharse y se despidió, dejándole a solas con sus pensamientos. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo; habría estado hablando durante días y no se habría aburrido. Pero tenía que empezar a poner en práctica las decisiones que había tomado esa noche.

De repente, escuchó un disparo. Venía del aparcamiento. El corazón se le aceleró; echó a correr bordeando por tercera vez el castillo. Cuando alcanzó a vislumbrar la entrada principal, lo vio: en una fracción de segundo, un terrible rayo alcanzó la verja y la derrumbó como si fuera de papel. Un grupo de soldados del castillo no tardaron en agruparse frente a las puertas de la fortaleza, y a él le costaba diferenciar quién era quién. El miedo empezó a apoderarse de sus músculos: estaba completamente paralizado ante el poder que se desplegaba frente a sus ojos. Un solo hombre estaba derrotando en solitario a un escuadrón de soldados de su castillo… ¿Qué habría sido de ella, entonces, que no tenía ningún tipo de entrenamiento militar? ¿Qué pasaría si a los demás les daba por defender el castillo?

-¿Vas a moverte o tengo que moverte yo?

Un escalofrío recorrió su espalda. Conocía demasiado bien esa voz. Llevaba toda la tarde pensando en las cosas que quería recuperar, pero precisamente, esa no era una de ellas. Es más, esperaba no volver a oír esa voz nunca. Lentamente se giró y confirmó sus temores.

-No se te puede dejar solo, ¿verdad? Vamos a encargarnos de esto. Juntos. Como antes -su azulada melena ondeaba al aire, y nubes oscuras, amenazando lluvia, comenzaban a ocultar la luna. Y él comprendió, entonces, que el equilibrio es una dualidad, una dicotomía: una pelea entre opuestos, no entre iguales. El clima parecía jugar con sus sentimientos, pues en su interior también se avecinaba tormenta. La primera gota cayó y su rostro se iluminó al electrificarse por completo.

Death Stranding

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En un cajón de la que fue su habitación encontró, llena de polvo, una de esas cintas de casette que solía grabar cuando era niño. Repasó la lista de canciones y los recuerdos acudieron raudos a él, vívidos y tangibles. El acantilado, la casa abandonada, el olor de las algas pudriéndose bajo el sol en una pedregosa playa… Descendió a las profundidades del océano, y tal y como esperaba, allí se encontraban las viejas ruinas de una antigua civilización, olvidada por el inexorable paso del tiempo, el último vestigio de una cultura ancestral. De vuelta a la superficie, el pueblo dormía bajo la mortecina luz de la luna, e incluso la suave brisa que corría entre las casas que servían como único testigo de presencia humana parecía arrancar la poca vida que desprendía aquel lugar y, sin embargo, él volvía siempre allí, una y otra vez. El aire impregnado de salitre encharcaba sus pulmones y nublaba sus pensamientos, mientras ascendía por la vereda que discurría cerca del extremo oriental de la playa; no era la primera vez que recorría esa senda, y sin embargo nada le resultaba familiar. Ya nada le resultaba familiar. La sensación de desapego que sentía hacia el lugar que una vez llamó hogar se revolvía en su alma, a veces informe como el humo, a veces densa como la niebla, pero constante e impertérrita. “Llévame de este mundo,” repetía. “Llévame de este mundo y llévatelo todo.” Durante las últimas semanas había estado soñando con pasillos oscuros que no conducían a ninguna parte, con parajes desolados de gris y azabache, con bebidas de tinta y ceniza. Después de todo, ese lugar era un callejón sin salida, una tierra inhóspita en la que la fría piedra cubría hasta el último rincón, donde las cenizas eran todo lo que quedaba de una existencia consumida. La tinta era la única forma eficiente que encontraba de ahogar sus pensamientos. “Te necesito.” De nuevo hablaba al vacío, a un mar que sólo arrastraba agua y sal, a una tierra que sólo conocía la muerte. Las primeras motas de luz rayaban en el horizonte, y las nubes, presidiendo mayestáticamente la estampa, se hacían visibles. Cuando despertó, se encontraba aún en la playa, tendido sobre las rocas, desnudo. Desde allí podía oír el crujir de los árboles deshojados, y sus huesos parecieron querer acompañar la truculenta sinfonía. “Ya nada importa,” dijo, en una etérea mezcla de pensamiento y viva voz; aún así, nadie le habría oído, porque, en efecto, ya nada importaba. ¿Qué podía importar cuando las frías olas y las afiladas rocas habían despojado al hombre de su humanidad? Sus pisadas, bañadas en tinta, se alejaban de la costa, desollando sus pies, como cada mañana. La rutina de un alma varada en la playa no podía ser otra que sellar sus heridas con tinta que nunca seca.

Duelo

Sunset Castle

[…]Desde que el traidor se había marchado, todo era diferente. Se había llevado consigo su posesión más valiosa, entregada en la cúspide de una relación tan profunda como la que podría haber tenido cualquier padre con su hijo; pero ese espejismo había terminado en un parricidio figurado. Era culpa suya, y sólo suya. Muchas muertes se podrían haber evitado si el traidor hubiera permanecido fiel a su casta… incluso la de ella. Eso era lo que más le perturbaba; ni siquiera la considerable disminución de sus reservas de energía le había afectado tanto como aquella pérdida.

El Castillo había conocido pocas veces a una lideresa como aquella; el simple hecho de saber que sus hasta entonces compañeros, iguales a él a todos los niveles, pretendían erigirlo como nuevo Señor del Castillo, le hacía revolverse en su asiento. Por respeto aún vestía de un riguroso negro, y ocupaba cualquier silla que no fuera la de su más que posible antecesora. Y a ese ritmo, si seguía revolviéndose, la silla no tardaría en ceder.

[…]

Ojeó una vez más el periódico de aquella mañana, incrédulo. Pese a que las palabras “muerte” y “traición” ocupaban la mayor parte de sus pensamientos, martilleándole los tímpanos prácticamente a cada segundo, el mazazo de aquella noticia había abierto un hueco lo suficientemente grande en su nube de negatividad como para desviar su atención durante más de diez minutos.

EL CONCILIO ELEMENTAL SE DISUELVE

Divergencias de estrategia en el Consejo de los Cinco han provocado la ruptura de las relaciones.

Esta mañana la Escuela Elemental Estatal ha comunicado la disolución inmediata del Concilio Elemental tras una escalada creciente de tensiones en el Consejo de los Cinco. Fuentes internas revelan que el motivo inicial de estas tensiones vino del lado de los sirvientes del Fuego. El Maestro Piromante habría propuesto una estrategia de acción que al parecer no acabó de convencer a los otros cuatro miembros del Consejo.

No se han desvelado las propuestas concretas que habría planteado el Maestro Piromante, pero ciertas informaciones apuntan a un desacuerdo sobre el plan de actuación en La Tumba. El reciente hallazgo de nuevas cámaras en el complejo, situado en el extremo más septentrional de la Cordillera, causó un gran revuelo entre los sirvientes de la Tierra, y a día de hoy aún no está claro cómo pretende el Gobierno de Álkali manejar la situación.

La falta de una legislación clara sobre los hallazgos de estas características ha sido durante los últimos años el caballo de batalla de la Oposición, y parece claro que el carácter mestizo del Presidente podría haber generado enfrentamientos dentro del Consejo de los Cinco. El Concilio Elemental ha sido desde hace tres siglos una institución independiente, con poder propio sobre el presupuesto de I+D+I dedicado a la Energética Elemental. Esta disolución marca un hito en su dilatada historia, pues nunca se había producido. Los estatutos de la institución son claros en este sentido: al disolverse el Consejo de los Cinco, todos sus miembros deben de ser elegidos nuevamente.

Este cambio de paradigma pone en una difícil situación al Gobierno actual, que contaba con hombres de confianza en el Consejo de los Cinco. La crisis energética sigue restando popularidad al equipo de gobierno y esta noticia sólo hará que los problemas se recrudezcan debido a los posibles hostilidades que surgirán entre los diferentes servidores elementales. Aún no se conocen los candidatos a ocupar un asiento en el Consejo de los Cinco, pero…

Dejó la noticia en el mismo punto que las últimas tres veces. Él era un hombre de hechos, no de especulaciones y posibilidades; al menos ya no. La época en la que soñar era gratis había pasado. Sentía que había hecho todo lo correcto y que aún así se estaba fallando a sí mismo, pero era lo que el mundo esperaba de él. Era lo que ella querría.

En ese instante casi pudo volver a verla sentada en el lugar que como Señora le correspondía. Casi pudo oír su voz susurrándole lo que tenía y lo que no tenía que hacer. Pero la duda también se había convertido en compañera habitual en sus pensamientos. El tiempo que no pasaba pensando en dar con el traidor y vengarse, lo pasaba dilucidando si escuchar a su corazón o hacer lo que se esperaba de él.

Muchas noches se sorprendía a sí mismo con una respuesta clara y evidente: “No tengo por qué hacer esto, hay otras personas más capacitadas que yo.” El problema era que la gente del Castillo le adoraba. Y ser Señor del Castillo era una cosa, pero ser miembro del Consejo de los Cinco era otra muy diferente. Todos los Maestros del Rayo del Consejo habían sido en su momento Señores, y por todos era sabido que los miembros del Consejo de los Cinco era los servidores elementales más fuertes y sabios de sus respectivas casas. Él, en cambio, se sentía desprotegido e ignorante como un recién nacido.

Si no podía proteger a su propia gente, a la persona que amaba, ¿cómo iba a desentrañar los misterios de la Energía Elemental? ¿Cómo iba a encabezar algún tipo de misión suicida sin su antiguo poder? Sin su reliquia, para su horror, era poco más que un servidor elemental estándar, un simple humano con unos cuantos voltios de más en el organismo .Lo había perdido todo, o casi.

Aún le quedaba gente en la que confiar, o eso quería creer. En aquellas escasas ocasiones en las que se imaginaba como Señor del Castillo se dedicaba a elegir a su Consejo privado. Eran apenas cinco personas, pero en ese momento estaba casi seguro de que todas y cada una de ellas lo necesitaban tanto como él a ellas. O eso quería creer.

Porque, en lo más profundo de sus pensamientos, de nuevo arraigaba la duda. Porque, en ese momento en el que tenía al alcance de su mano un poder que nunca esperó conseguir, se sentía cansado. Porque todo aquello en lo que creía y que defendió a capa y espada se había desmoronado como un castillo de naipes. Porque, en definitiva, pese a estar en el punto de mira de medio país, pese a sentir el calor de toda su gente y pese a tener el apoyo de unos cuantos amigos de verdad, pese a que su recuerdo le acompañaba a todas partes aunque no siempre de la mejor manera, se sentía solo. Más solo que nunca.

King’s Cross

-Tengo que volver, ¿verdad?
-Si así lo quieres.
-¿Tengo elección?
-Oh, sí -Dumbledore le sonrió-. ¿Me has dicho que estábamos en King’s Cross, no? Creo que si decides no volver, podrás, digamos… tomar un tren.
-¿Y adónde me llevaría?
-Adelante -dijo Dumbledore simplemente.

Silencio de nuevo.

-Voldemort tiene la Varita de Saúco.
-Cierto. Voldemort tiene la Varita de Saúco.
-¿Pero usted quiere que vuelva?
-Creo -dijo Dumbledore- que si eliges volver, hay una posibilidad de que todo esto termine bien. No puedo prometerlo. Pero sé, Harry, que tienes menos miedo de volver aquí que él.

Harry miró de nuevo a la especie de criatura que temblaba y se ahogaba bajo la sombra de la distante silla.

-No compadezcas a los muertos, Harry. Compadece a los vivos, y sobre todo, a quienes viven sin amor. Pero volviendo al tema, puedo asegurate que se cosecharán menos almas, y se romperán menos familias. Si esa no te parece una meta que merezca la pena, digamos adiós al presente.

Harry asintió y suspiró. Abandonar ese lugar no sería ni de lejos tan duro como había sido entrar en el bosque, pero se estaba caliente y había luz y paz allí, y sabía que se dirigía de vuelta al miedo y al dolor de más pérdidas. Se puso en pie, y Dumbledore hizo lo mismo, y se miraron durante un largo momento a los ojos.

-Dígame una última cosa -dijo Harry-. ¿Es esto real? ¿O sólo está ocurriendo dentro de mi cabeza?

Dumbledore le sonrió ampliamente, y su voz sonó alta y fuerte en los oídos de Harry, a pesar de que la brillante niebla estaba descendiendo de nuevo, oscureciendo su figura.

-Por supuesto que está ocurriendo dentro de tu cabeza, Harry, pero, ¿acaso significa eso que no sea real?

Nox

Carry my soul into the night.
May the stars guide my way.
I glory in the sight,
As darkness takes the day.

Ferte in noctem animam meam
Illustre stellae viam meam.
Aspectu illo glorior
Dum capit nox diem.

Cantate vitae canticum
Sine dolore actae
Dicite eis quos amabam
Me numquam obliturum

Sing a song, a song of life
Lived without regret
Tell the ones, the ones I loved
I never will forget
Never will forget.

¡Ay! el tormento arraigado en el linaje,
el grito desgarrador de la muerte,
el golpe que rasga la vena,
la sangre que nadie restaña, la pena,
la maldición insoportable.

Pero hay un remedio en esta casa,
no fue de ella, no,
no venido de otros, sino de ellos mismos
en su pugna sangrienta. A vosotros clamamos,
oscuros dioses que habitáis bajo la tierra.

Escuchad con atención, dichosos poderes subterráneos,
responded, enviad ayuda.
Amparad a estos muchachos, concededles la victoria ya.

El más loco de todos

A ver, amigos míos, decidme, ¿quién conoce más dioses que yo?

Dioses de los caballos y dioses del fuego, dioses de oro con ojos de gemas, dioses tallados en madera de cedro, dioses esculpidos en montañas, dioses de puro aire…

Conozco a todos los dioses. He visto a sus pueblos ponerles guirnaldas de flores, derramar en su nombre la sangre de cabras, de toros y de niños.

He oído cómo les rezan. A todo lo largo y ancho de este mundo, en un centenar de idiomas, siempre rezan igual.

Cúrame la herida de la pierna.

Haz que esa doncella me quiera.

Concédeme un hijo varón fuerte.

Sálvame, socórreme, hazme rico…

¡Protégeme!

Protégeme de mis enemigos, protégeme de la oscuridad, protégeme del dolor de tripa, de los señores de los caballos, de los esclavistas, de los mercenarios que hay ante mi puerta. Protégeme del Silencio.

¿Crees que soy un hombre sin dios? Vamos, Aeron, ¡tengo más dioses que nadie que haya izado una vela! Tú, Pelomojado, sirves a un dios, pero yo he servido a diez mil.

Desde Ib hasta Asshai, cuando los hombres avistan mi barco empiezan a rezar. Soy la tormenta, mi señor. Soy la primera tormenta y la última

Los Hombres Quebrados

Los Hombres Quebrados

[…] Los hombres quebrados pueden ser igual de peligrosos, pero tambien son dignos de compasión. Casi todos son gente sencilla, hombres del pueblo que nunca habían estado a más de media legua de la casa en la que nacieron hasta que un día, un señor cualquiera se los llevó a la guerra. Mal vestidos y mal calzados, marchan tras sus estandartes, a veces sin más armas que una guadaña o una hoz, o una maza que se han hecho ellos mismos atando a una piedra un palo con tiras de cuero. Los hermanos marchan cono los hermanos; los hijos, con los padres; los amigos, con los amigos. Han oído las canciones y las anecdotas, así que caminan con el corazón anhelante, soñando con las maravillas que verán, con las riquezas y la gloria que conseguirán. La guerra les parece una gran aventura, la mayor que vivirá la mayoría de ellos.

Luego prueban el combate. Algunos se quiebran nada más probarlo. Otros aguantan años, hasta que pierden la cuenta de las batallas en que han intervenido, pero alguien que sobrevive a cien combates puede quebrarse en el ciento uno. Los hermanos ven morir a sus hermanos, los padres pierden a sus hijos, los amigos ven a sus amigos tratar de volver a meterse las tripas después de que los haya rajado un hacha. Ven caer al señor que los llevó allí y, de repente, otro señor les grita que ahora lo sirven a él. Reciben una herida y, cuando todavía la tienen a medio curar, reciben otra. Nunca tienen comida suficiente; el calzado se les cae a pedazos de tanto caminar; la ropa se les desgarra y se les pudre, y la mitad se caga en los calzones porque ha bebido agua que no era potable.

Si quieren unas botas nuevas, una capa más caliente o, tal vez un yelmo de hierro oxidado, tienen que quitárselo a un cadáver, no tardan en robar tambien a los vivos, a los aldeanos en cuyas tierras luchan, a hombres como los que eran antes ellos mismos. Les matan las ovejas y les roban las gallinas, y de ahí a llevarse tambien a sus hijas sólo hay un paso. Y un día miran a su alrededor y se dan cuenta de que todos sus parientes y amigos han desaparecido, de que luchan al lado de desconocidos y bajo un estandarte que ni siquiera identifican. No saben dónde están ni cómo volver a su hogar; el señor por el que luchan no sabe ni cómo se llaman, pero ahí está siempre, gritándoles que formen una línea con sus lanzas, sus hoces, sus guadañas, para defender la posicion. Y los caballeros caen sobre ellos, hombres sin rosotro envueltos en acero, y el retumbar de su ataque parece llenar el mundo…

Y el hombre se quiebra.

Da media vuelta y huye, o se arrastra entre los cadaveres de los caídos, o se escabulle en plena noche y busca un lugar donde esconderse. A esas alturas, los hombres quebrados ya ni piensan en volver a casa. Los reyes, los señores y los dioses les importan menos que un trozo de carne medio podrida que les permita vivir un día más, o un pellejo de vino agrio con el que ahogar sus miedos unas horas. Viven de día en día, de comida en comida; son más animales que humanos.