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Reflexión pseudofilosófica sobre la felicidad y la existencia

edvAnoche me fui a la cama con una persistente idea en la cabeza que me prometí tendría que plasmar por escrito a la mañana siguiente, o lo que es lo mismo, en este momento. Hace un par de noches tuve un sueño de lo más corriente, y a la vez bastante extraño; transcurría en lugares familiares, en situaciones comunes, pero con personas que no conocía. El sueño giraba en torno a una de esas personas, de cómo nos conocíamos y hablábamos unos minutos. Y ya está. No sé por qué, pero ese momento me hizo muy feliz; excesivamente feliz, diría, y no sabría ni cómo explicarlo, aunque ya veis que estoy tratando de hacerlo lo mejor posible. Nunca he sido buen escritor; me voy mucho por las ramas, soy bastante superficial y me cuesta mantener la atención del lector, pero en el fondo encuentro satisfacción al hacerlo.

A lo que voy es que muchas de las cosas que nos hacen más felices ni siquiera son reales, como la persona de mi sueño o los personajes de mis historias. Quizás nuestros más preciados recuerdos no sean más que una adaptación sensorial fruto de la siempre recurrida nostalgia. Quizás algunos de esos recuerdos, incluso, sean inventados. Dentro del cráneo albergamos el órgano más fascinante que, irónicamente, podamos imaginar, y a veces nos juega ¿malas? pasadas. Hace poco leía acerca de la posibilidad de que absolutamente todo en el universo sea parte de una simulación generada por una civilización muchísimo más avanzada con un poder computacional a años luz de lo que conocemos hoy en día (podéis leer sobre ella aquí). Sí, pensar que todo es una ilusión, que nada es absolutamente real, es un golpe directo a nuestro orgullo como personas primero y como especie después. ¿Y qué?

Vanidosos somos todos, en mayor o menor medida, pero al final lo que nos queda para con nosotros mismos son las experiencias. Yo no sé si mis recuerdos o mis sueños son realidad (¿y qué es la realidad al fin y al cabo?), no sé si mi vida tiene sentido para alguien como yo o para un ente superior, pero nadie puede quitarme lo que es sólo mío: mis sentimientos. Si estoy triste puedo recurrir a ese sueño. Si echo de menos a alguien puedo bucear entre mis recuerdos para sacar a la superficie algún momento memorable que compartiésemos. Si no me gusta el mundo que ven mis ojos siempre puedo crear uno en el que me sienta más cómodo, y en el que sólo pueda entrar la gente con la que yo quiero compartirlo. Tenemos en la mente un arma muy poderosa, tal vez nuestra mayor aliada y también nuestra mayor enemiga, pues darle uno u otro cariz depende de ella misma, y en su grandeza surgen de vez en cuando estas reflexiones que le hacen darse cuenta a uno de que como decían Daft Punk al fin y al cabo somos humanos. Desde luego, si somos una simulación hay que darle la enhorabuena al que programó esto. Y a título personal añadiré que las gracias.

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La vida es como el mear

Manneken_Pis_Brussel

A veces me pasa que voy al baño a aliviarme (uno de los pocos placeres cotidianos que nunca pasan de moda) y, cuando estoy ahí, de pie, pensando en que las humedades del techo están cada vez peor, me sube un ligerísimo aroma que a menudo identifico con el curry del arroz del mediodía o el vaso de leche que tomé diez minutos antes. Es muy tenue y diáfano (cualquier otro olor lo taparía), pero perfectamente reconocible.

Hace poco iba por la calle con unos amigos y, cruzando un callejón de esos oscuros que son el hábitat natural de los matones de Hollywood, uno de ellos exclamó “¡Vaya peste a ‘meao’!“. Era verdad, olía a meado. El meado huele mal, todos lo sabemos. Probablemente el autor del producto en forma de charco entre dos contenedores había comido pollo frito o hamburguesa, y habría bebido cerveza hasta hartarse. Pero el meado no olía a hamburguesa. Olía a meado. Olía mal.

Mi meado también olía a meado. Y olía igual de mal que el de los demás, pese a que yo no lo advirtiese en mi recreo diario en el servicio. ¡Qué horrible sería ser consciente de que uno hace algo tan desagradable cada día!

Que actúes siempre igual y no te des ni cuenta no quiere decir que lo hagas bien. Y, lo que es más importante, no quiere decir que los demás no se den cuenta. La vida es como el mear: hay cosas que hacemos mal y no podemos cambiar, pero conviene ser conscientes de que las hacemos.

Robado vilmente del Facebook de alguno de mis anónimos contactos