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Volver a las raíces

Volver a las raíces. Sólo con pronunciar esta frase muchos artistas han hecho que legiones de fans se echen a temblar o a saltar de alegría. La vuelta a los orígenes es un salvavidas recurrente, muy criticado por quienes siempre andan en busca de nuevas experiencias, y muy alabado por aquellos anclados en un pasado que desean repetir una y otra vez. Es la lucha de la innovación contra la nostalgia, algo que podemos aplicar a la música, el cine, los videojuegos y en general casi cualquier materia que se os ocurra. Es, en cualquier caso, apelar a los sentimientos. Lo malo es que ni la creatividad es infinita ni vivir en el pasado supone un recurso inagotable.

Antes de dejaros entrever hacia dónde me dirijo con esta introducción, voy a haceros una pregunta: ¿Alguna vez habéis creado algo? No es necesario que sea especialmente bueno, ni innovador, pero sí algo de lo que os sintáis orgullosos, algo que podáis decir con la cabeza bien alta que es vuestro. Pensadlo detenidamente.

¿…Ya? Bien. Yo he de decir que sí, y más de una vez, pero hay una cosa que destaca por encima de todo lo demás, algo que podría considerar el mayor proyecto de mi vida. Es algo en lo que he volcado todas mis energías y en lo que he trabajado incontables horas, aunque ya sabéis lo que dicen: sarna con gusto no pica. Con este proyecto he vivido grandes momentos, e incluso he cumplido algún que otro sueño, pero a ratos ha sido nefasto y olvidable. Por el camino he conocido a gente maravillosa que aún a día de hoy se cuenta entre mis mejores amistades, y he descubierto nuevas formas de ver el mundo y de entender la vida. Se podría decir que tanto esfuerzo ha acabado dando su fruto, y con unos cuantos extras de regalo; nada de todo esto, por supuesto, entraba dentro de lo previsto.

Ahora que me dispongo a encarar una nueva etapa en mi vida me asalta la incertidumbre, pero es normal; hasta que consiga establecer una rutina dentro de este nuevo paradigma voy a estar bastante desorientado. Es algo que he notado especialmente estos días, en los que estoy intentando ser más creativo; por la naturaleza de mi nueva carrera, esto va a tener que ser una constante. La inspirción es esquiva, y forzarla no siempre da buen resultado, así que me he encontrado con algunos, también, nuevos problemas: tratar de enfocarme en algo y perder la atención, intentar ser original y acabar siendo un refrito de influencias, adaptarme a nuevas costumbres y acabar cayendo en viejos hábitos… Cambiar es difícil; da miedo, incluso. Y es aquí cuando tu mente te sugiere volver a las raíces.

Es irónico, ¿no? La palabra que más he repetido en el párrafo anterior como problemática es “nuevo”, y la mejor solución que se me ha ocurrido es mirar hacia atrás. Cuando estás a punto de dar un gran salto, es mejor asegurarse de que tienes una buena base de apoyo. Yo, al verme frustrado por no poder darle salida a ninguna de mis ocurrentes ideas, he decidido hacer este viaje de retorno a los orígenes, cual trucha nadando río arriba. Reconectar con lo que te ha traído hasta este momento te hace darte cunta de cosas que a veces olvidas, cosas como quién eres, por qué estás haciendo lo que estás haciendo o cuáles son tus objetivos.  Y, para mi sorpresa, me he reencontrado con una parte de mí que admiro profundamente.

El trabajo de toda una vida. El culmen de tu desarrollo creativo. El sentimiento de que has hecho algo grande, y de que has sido realmente útil, de que te has hecho feliz a ti mismo y a un montón de gente que, tal vez, ni siquiera conoces. Ahora, francamente, lo entiendo; por suerte, cuando tomas esta decisión, no esperas que nadie más lo entienda. Volver a las raíces es un proceso introspectivo en el que tratas de encontrarte a ti mismo para poder seguir adelante sin mirar atrás. Es como uno de esos capítulos de relleno que ponen en los animes justo antes de la batalla final contra el enemigo de turno: te hace reivivir las emociones de toda una trama para culminar el proceso en su clímax sentimental. Volver a las raíces es apelar a los sentimientos, sí, y algunos se acaban perdiendo en el camino pero, ¿cómo no volver a las raíces cuando son lo que más admiras de ti mismo?

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Tensión de extremos

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Me siento en un torbellino de luces y sombras, de humo, de viejos fantasmas y nuevos horizontes, de incertidumbres y premuras, donde el cielo parece separar la tierra y el mar, donde todo lo que cristaliza parece detener el tiempo en vez de consolidar, en un infinito instante en el que tan pronto la duda asola la existencia como todo parece claro e intrascendente, caminando a veces sin rumbo, pero sin preocupación por donde lleven los pasos, inquietos como siempre, aunque cada vez más cansados, más apesadumbrados, más viejos, ansiosos por reencontrar un espacio en el que, al fin, pueda descansar de preocupaciones triviales, e incluso terrenales, en el que poder expresar esos valores sinceros, honestos a los que siempre se apela desde la segura distancia desde la que, de vez en cuando, tengo la sensación de observar la triste realidad que nos rodea, nos engulle y hace que nos ahoguemos en la tensión de extremos, gravitando en torno a experiencias que, si bien contrarias, reflejan las poliédricas caras que conforman nuestra compleja humanidad, esa de la que tantas veces renegamos, pese a que el día a día nos ha demostrado una y otra vez que, al fin y al cabo, es ineludible.

Monólogo Interior I

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Hoy me he levantado y lo primero que he hecho ha sido una tontería. Y por si alguien se lo está preguntando, sí, es algo bastante habitual en mí. Lo que pasa es que, normalmente, no suele trascender a mis redes sociales. En mis sueños encuentro un recoveco para crear, una fuente inagotable de inspiración que nace única y exclusivamente de mí, una magia por la que no le debo nada a nadie. Hoy he tenido uno de esos sueños que te hacen levantarte con ánimo y pensar “¡esta es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo!” Hasta que te das de bruces con la realidad.

No hay cosa que más odie que no poder llevar a cabo mis frecuentemente brillantes ideas. Y no es que me esté tirando flores diciendo que todo lo que pienso es digno de estudio, para nada; me refiero a que mis ideas más trabajadas, las más originales y las que, me parece, trascenderían más, siempre se dan contra un muro de realidad que no puedo sortear. Porque no sé, porque no tengo apoyo, porque no tengo medios, porque no puedo. Y es frustrante. Si quiero escribir un libro, me faltan palabras, prosa, interés. Si quiero dibujar una escena, me falta técnica, imaginación, color. Si quiero desarrollar un proyecto, me falta dinero, tiempo y conocimiento.

La sensación de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con las personas equivocadas. No es que no de gracias por cada minuto de mi vida y por todo lo que tengo, pero a veces parece que el destino, si es que existe algo similar a eso, se ríe en tu cara. Y es que, como en el póker, la apuesta puede salirte muy bien o terriblemente mal, puedes levantar otra carta o plantarte, pero jamás sabrás si has tomado la decisión correcta. Y las decisiones, buenas y malas, te persiguen para siempre, generando una infinidad de alternativas paralelas que nunca conocerás, que nunca llegarás a experimentar. En definitiva, vivir es cerrar puertas, pero por desgracia algunas de esas puertas son traslúcidas, cuando no de cristal.

No puedo evitar pensar que vivo con una falsa libertad, con unas ataduras de las que no soy dueño, condenado a no cumplir mis sueños porque no debo, o peor, porque no puedo. Sí, uno empieza a pensar que, aparte de todo eso, aparte de echarle la culpa al mundo, no tiene talento. Y ahí es cuando uno pierde las ganas de perseguir sus sueños e incluso de soñar. Ahí es cuando uno se hace mayor. Cuando no es capaz siquiera de expresar lo que siente por los demás sin dar vergüenza ajena. Es un proceso de autofagocitación avivado por las llamas de una maquinaria imparable que, de un modo u otro, al fin y al cabo, nos dice cómo vivir y cómo morir. Y por supuesto, que soñar es una tontería.

La tormenta del siglo tiene sentido del humor

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No sé si os habréis enterado, pero está lloviendo. Sí, sí, como lo oís. O dicho en otras palabras, está cayendo la del pulpo, al menos mientras escribo estas líneas. Anoche ya tuvimos una buena ración de truenos y relámpagos acompañados de rayos y regados por abundante agua de lluvia (que se note el estilo George R.R. Martin; sólo me ha faltado rellenar algo de higos); las alarmas de los coches aparcados en mi calle empezaron a sonar, se me inundó el patio… Una fiesta vamos.

Hoy, en cambio, el día ha amanecido con un sol espléndido, una temperatura agradable y pocos atisbos de la tormenta del siglo que se desató ayer. Yo iba tan tranquilo escuchando mis mariconadas habituales (ya sabéis, Muse y eso) cuando, al llegar a mi estación de Metro de destino, y casi premonitoriamente, la reproducción aleatoria del móvil ha decidido ponerme en sobreaviso colándome el Boss Theme de MediEvil. Al salir al vestíbulo de la estación ya me he llevado un hostiazo de frío invernal, y yo en pantalones cortos y mangas de camisa. En cualquier momento esperaba la aparición del Rey de la Noche; y no, no me refiero al típico chuloputas que se roba a todas las pibitas de la discoteca a fuerza de agitar la coxoartrosis en la pista de baile de turno, sino a este señor.

La música se iba intensificando a medida que ascendía las escaleras mecánicas, y he empezado a sospechar que estaba lloviendo, nevando, granizando o directamente asistiendo al desfile del Orgullo Caminante Blanco. Los manteros estaban haciendo su agosto vendiendo paraguas a do euro y yo, como soy un valiente, me he lanzado a los brazos de la Madre Naturaleza sin temor alguno. Cuando llevaba dos pasos, la reproducción aleatoria de música ha decidido cambiar a una canción más apropiada. The Flood, de Leprous. Y me cago en la leche Merche, por qué no me he traído los manguitos. Hoy el parte meteorológico debería darlo Mikael Akerfeldt.