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Pactar con el Diablo

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Te daré información de primera mano acerca de Dios. A Dios le gusta observar, es un bromista. Piénsalo. Dota al hombre de instintos. Os da esta extraordinaria virtud. ¿Y qué hace luego? Los utiliza para pasárselo en grande, para reírse de vosotros al ver cómo quebrantáis las reglas. Él dispone las reglas y el tablero, pero es un auténtico tramposo. Mira, pero no toques. Toca, pero no pruebes. Prueba, pero no saborees. ¡Jajaja! Y mientras os lleva como marionetas de un lado a otro, ¿qué hace él? Se descojona, se parte el culo de risa. Es un payaso. Es un sádico. Es el peor casero del mundo. ¿Y adoráis eso? Nunca.

Yo tengo los pies sobre el mundo desde que comenzó este puto juego. He alimentado todas las sensaciones que el hombre ha querido experimentar. Siempre me he ocupado de lo que quería y nunca le he juzgado, ¿por qué? Porque nunca le he rechazado, a pesar de todas sus imperfecciones.  Soy un devoto del hombre. Soy un humanista, quizá el último humanista. ¿Quién en su sano juicio, Kevin, podría atreverse a negar que el siglo XX ha sido mío por completo? Todo mío, Kevin, todo mío. Mío. Estoy pletórico. Ha llegado mi oportunidad, nuestro momento.

Al Pacino (Pactar con el Diablo, 1997)

En religión, ocultismo y folclore, un demonio es un ser sobrenatural descrito como algo que no es humano y que usualmente resulta malévolo. Sin embargo, la palabra griega original daimon es neutral y no contiene una connotación necesariamente negativa; más tarde se atribuyó ese sentido maléfico a cualquier palabra afín que compartiera la raíz, cuando originalmente fue prevista para denotar simplemente a un espíritu o un ser espiritual.

Sobre la base de las pocas referencias a los demonios en el Nuevo Testamento, especialmente en la poesía visionaria del Apocalipsis de Juan, los escritores cristianos apócrifos, del siglo II en adelante, crearon un tapiz más complejo de creencias acerca de los demonios, que fue en gran medida independiente de las escrituras cristianas oficiales. En varios momentos de la historia cristiana se han hecho intentos para clasificar a estos seres de acuerdo con diversas jerarquías demoníacas.

En el cristianismo contemporáneo los demonios son considerados, generalmente, como los ángeles que cayeron de la gracia al rebelarse contra Dios. Algunas denominaciones afirmativas de la fe cristiana también incluyen a los ángeles caídos como demonios de facto. En el cristianismo, un ángel caído es un ángel que ha sido expulsado del cielo por desobedecer o rebelarse contra los mandatos de Dios. Hay algunos que dicen que el pecado de los ángeles caídos fue el orgullo y la desobediencia frente a alguna prueba suprema que Dios les puso y que no pudieron pasar; en lugar de estar satisfechos con la dignidad que Dios les asignó, aspiraban a escalar más alto que el propio Hijo de Dios, actitud que habría provocado su caída irrevocable.

Sin embargo, otras escuelas de pensamiento en el cristianismo y el judaísmo enseñan que los demonios o espíritus malignos son el resultado de las relaciones sexuales entre ángeles caídos y mujeres humanas. Cuando estos híbridos, llamados Nephilim, murieron, dejaron sus espíritus desencarnados vagando por la tierra, dando origen a los demonios. La actual Iglesia Católica Romana enseña inequívocamente que los ángeles y los demonios son seres reales y personales, de carácter absolutamente espiritual, no sólo representaciones simbólicas de fuerzas naturales o tendencias psíquicas humanas.

Los Hijos de Belial

Algunos autores hermenéuticos relacionados con el cristianismo han creado una simetría entre la Trinidad católica (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo), y una tríada supuestamente opuesta: Lucifer, Anticristo y Falso Profeta. Esos autores consideran que la Trinidad posee un proceso comunicativo intradivino que se inicia en el Padre creador, sigue en el Hijo salvador, y termina en el Espíritu Santo iluminador. Esas cualidades estarían reflejadas en la tríada inversa: primero Lucifer destructor, después el Diablo pervertidor (que supuestamente sería el Anticristo), y finalmente Satán oscurecedor.

Los católicos recogen en el numeral 391 del Catecismo que “El Diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos“, y en el numeral 392 del mismo catecismo se cita que “esta caída consiste en la elección libre de estos espíritus que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y a su Reino“. Para los católicos, Lucifer se condenó a sí mismo eligiendo voluntariamente el mal. De acuerdo a la demonología cristiana, los demonios fueron castigados eternamente, pues nunca se reconciliarán con Dios. Otras teorías postulan una reconciliación universal, en la que Satanás, los ángeles caídos, y las almas de los muertos que están condenados al infierno, se reconciliarán finalmente con Dios; esta doctrina es asociada a menudo con las creencias de la Iglesia de la Unificación.

Según la tradición cristiana, Belial es uno de los ángeles caídos. Belial, según La Biblia Satánica de Anton LaVey, es un poderoso demonio que representa al elemento tierra, complementándose con Satanás (elemento Fuego), Lucifer (elemento Aire) y Leviatán (elemento Agua). Se le da también los nombres de “señor de la arrogancia” o “señor del orgullo” y “el hijo del infierno”. Los pergaminos del Mar Muerto revelaron que, en el antiguo judaísmo, Belial era considerado la encarnación del Mal, como el Príncipe de las Tinieblas. Estos pergaminos describen la eterna lucha entre el Ángel de la Luz (Dios) y el Ángel de la Oscuridad (Belial); Para cuando se reanudó la escritura de la Biblia en el siglo I, el término Belial se usaba como un apelativo de Satanás. En el judaísmo los hombres impíos son considerados los hijos de Belial.

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