Breath of The Wild

Princesa de la Calma

Princesa de la Calma

Anoche “terminé”, al fin, The Legend of Zelda: Breath of the Wild. Y lo pongo entre comillas porque lo único que hice fue derrotar a (¡spoiler!) Ganon; aún me quedan unos cuantos santuarios por descubrir y chorrocientas semillas por recolectar. Aún así, la sensación de cierre es intensa en mí en estos momentos, y es que el tramo final de este Zelda se me va a quedar grabado en la retina por muchos, muchos años.

Desde el momento en que decides marchar hacia el Castillo de Hyrule sientes que vas a encarar un terrible poder: los enemigos se vuelven cada vez más fuertes y numerosos, el tiempo empeora, la banda sonora se torna oscura y melancólica… Dejas atrás el antiguo Rancho Lon Lon, y con él un montón de recuerdos lejanos, de tiempos más felices, tal vez de niñez; así, conectas (je) con Link, y una vez más, una última vez, asumes su papel. Al llegar a la ciudadela se te presentan múltiples opciones; de hecho, a lo largo de tu aventura te han ido dando pistas más o menos directas sobre cómo entrar al Castillo: utiliza un barco para llegar a los muelles, utiliza el atuendo Zora para rebasar las cascadas del foso, utiliza esta plancha de piedra junto a Stasis para realizar una espectacular entrada por aire al más puro estilo Tao Pai Pai… Me tienta utilizar el poder de Revali para llegar directamente al bastión central en el que aguarda Ganon… Pero no. Vamos por las bravas, como los valientes. Por la puerta principal y contra cincuenta guardianes, ¡claro que sí!

La ciudadela sirve como aviso: no te vengas muy arriba por haber derrotado a un par de guardianes aquí y allá, tener a tres monstruos mecanizados disparándote a la vez no te lo va a poner tan fácil esta vez. Encuentras un santuario y con él algo de paz para repensar tu estrategia. Es la última vez que vas a poder estar tranquilo. Así que decides volver a la superficie y explotar las habilidades que te brindó Metal Gear para plantarte frente a la puerta principal y cruzar el umbral sin ser detectado. ¿Sin ser detectado? Eso es lo que tú te crees: torretas, guardianes voladores y y un par de chanclas voladoras te atacan nada más traspasar las murallas. Y entonces empieza a sonar esa música, esa pieza que, literalmente, enfrenta el tema del Poder y el tema del Valor, o como son más conocidos entre el populacho, el tema de Ganon y el de Link. El castillo está luchando contra ti, no te quiere ahí y te lo hace saber en todo momento. Y huyes, y tu ojo de orni detecta una entrada secreta; ahí podré refugiarme, piensas, así que te lanzas de cabeza planeando cual dragoncillo morado.

Y la música vuelve a cambiar, esta vez para enfrentar los temas del Poder y la Sabiduría, o lo que viene a ser lo mismo, los temas de Ganon y Zelda. El interior del Castillo de Hyrule es una mazmorra como las que recordamos de casi todos los juegos de la saga, pero no es tan enrevesada ni tan rompecabezas como cabría esperar: es una sucesión de salas y pasillos que explotan tus habilidades para explorar el entorno ayudado por las runas de la piedra Sheikah, una forma de entender el juego mucho más reflexiva y “sabia” que la de enfrentarse espada en mano a toda la horda de guardianes del exterior. ¿Veis el paralelismo con la banda sonora, no? Y sin embargo, el interior del castillo no hace más que prepararte para afrontar el exterior, ya que gran parte de su magnetismo consiste en ofrecerte a cada paso un arma mejor que la anterior. Al final no queda más remedio que volver al exterior y llegar hasta Ganon sorteando infinitos disparos ancestrales; cuesta creer que estas criaturas estuviesen al servicio de la princesa Zelda hace 100 años, como nos recuerda una de las escenas más duras del título, en forma de flashback. Cuando finalmente encaramos a Calamity Ganon, el combate es casi lo de menos. La Espada Maestra brilla con todo su poder y las palabras de Zelda resuenan con fuerza en el corazón:

No sé si habrás recuperado todo tu poder, o tus recuerdos… Pero no necesitas recordar el valor, eso nunca se olvida.

Unas flechas de luz después todo ha acabado. Ganon es engullido por el poder de la Trifuerza y Zelda y Link al fin se reencuentran; la Princesa de la Calma vuelve a florecer. Han transcurrido casi cien horas desde que salí del Altar de la Resurrección y vi por primera vez la gran meseta extenderse a mis pies, pero sé que lo que siempre voy a recordar van a ser estas tres horas que han pasado desde que abandoné Pueblo Kakariko en dirección al Castillo de Hyrule; son estas tres horas las que sintetizan todo lo bueno de Breath of The Wild, y las que lo consagran sin lugar a dudas como el mejor juego de este año y el horizonte (que no cima) de su género. Estas horas son, sin más, Zelda en estado puro. Y eso siempre significa algo mágico.

 

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Publicado el 7 diciembre, 2017 en Videojuegos y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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