Archivos Mensuales: septiembre 2016

Volver a las raíces

Volver a las raíces. Sólo con pronunciar esta frase muchos artistas han hecho que legiones de fans se echen a temblar o a saltar de alegría. La vuelta a los orígenes es un salvavidas recurrente, muy criticado por quienes siempre andan en busca de nuevas experiencias, y muy alabado por aquellos anclados en un pasado que desean repetir una y otra vez. Es la lucha de la innovación contra la nostalgia, algo que podemos aplicar a la música, el cine, los videojuegos y en general casi cualquier materia que se os ocurra. Es, en cualquier caso, apelar a los sentimientos. Lo malo es que ni la creatividad es infinita ni vivir en el pasado supone un recurso inagotable.

Antes de dejaros entrever hacia dónde me dirijo con esta introducción, voy a haceros una pregunta: ¿Alguna vez habéis creado algo? No es necesario que sea especialmente bueno, ni innovador, pero sí algo de lo que os sintáis orgullosos, algo que podáis decir con la cabeza bien alta que es vuestro. Pensadlo detenidamente.

¿…Ya? Bien. Yo he de decir que sí, y más de una vez, pero hay una cosa que destaca por encima de todo lo demás, algo que podría considerar el mayor proyecto de mi vida. Es algo en lo que he volcado todas mis energías y en lo que he trabajado incontables horas, aunque ya sabéis lo que dicen: sarna con gusto no pica. Con este proyecto he vivido grandes momentos, e incluso he cumplido algún que otro sueño, pero a ratos ha sido nefasto y olvidable. Por el camino he conocido a gente maravillosa que aún a día de hoy se cuenta entre mis mejores amistades, y he descubierto nuevas formas de ver el mundo y de entender la vida. Se podría decir que tanto esfuerzo ha acabado dando su fruto, y con unos cuantos extras de regalo; nada de todo esto, por supuesto, entraba dentro de lo previsto.

Ahora que me dispongo a encarar una nueva etapa en mi vida me asalta la incertidumbre, pero es normal; hasta que consiga establecer una rutina dentro de este nuevo paradigma voy a estar bastante desorientado. Es algo que he notado especialmente estos días, en los que estoy intentando ser más creativo; por la naturaleza de mi nueva carrera, esto va a tener que ser una constante. La inspirción es esquiva, y forzarla no siempre da buen resultado, así que me he encontrado con algunos, también, nuevos problemas: tratar de enfocarme en algo y perder la atención, intentar ser original y acabar siendo un refrito de influencias, adaptarme a nuevas costumbres y acabar cayendo en viejos hábitos… Cambiar es difícil; da miedo, incluso. Y es aquí cuando tu mente te sugiere volver a las raíces.

Es irónico, ¿no? La palabra que más he repetido en el párrafo anterior como problemática es “nuevo”, y la mejor solución que se me ha ocurrido es mirar hacia atrás. Cuando estás a punto de dar un gran salto, es mejor asegurarse de que tienes una buena base de apoyo. Yo, al verme frustrado por no poder darle salida a ninguna de mis ocurrentes ideas, he decidido hacer este viaje de retorno a los orígenes, cual trucha nadando río arriba. Reconectar con lo que te ha traído hasta este momento te hace darte cunta de cosas que a veces olvidas, cosas como quién eres, por qué estás haciendo lo que estás haciendo o cuáles son tus objetivos.  Y, para mi sorpresa, me he reencontrado con una parte de mí que admiro profundamente.

El trabajo de toda una vida. El culmen de tu desarrollo creativo. El sentimiento de que has hecho algo grande, y de que has sido realmente útil, de que te has hecho feliz a ti mismo y a un montón de gente que, tal vez, ni siquiera conoces. Ahora, francamente, lo entiendo; por suerte, cuando tomas esta decisión, no esperas que nadie más lo entienda. Volver a las raíces es un proceso introspectivo en el que tratas de encontrarte a ti mismo para poder seguir adelante sin mirar atrás. Es como uno de esos capítulos de relleno que ponen en los animes justo antes de la batalla final contra el enemigo de turno: te hace reivivir las emociones de toda una trama para culminar el proceso en su clímax sentimental. Volver a las raíces es apelar a los sentimientos, sí, y algunos se acaban perdiendo en el camino pero, ¿cómo no volver a las raíces cuando son lo que más admiras de ti mismo?

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Death Stranding

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En un cajón de la que fue su habitación encontró, llena de polvo, una de esas cintas de casette que solía grabar cuando era niño. Repasó la lista de canciones y los recuerdos acudieron raudos a él, vívidos y tangibles. El acantilado, la casa abandonada, el olor de las algas pudriéndose bajo el sol en una pedregosa playa… Descendió a las profundidades del océano, y tal y como esperaba, allí se encontraban las viejas ruinas de una antigua civilización, olvidada por el inexorable paso del tiempo, el último vestigio de una cultura ancestral. De vuelta a la superficie, el pueblo dormía bajo la mortecina luz de la luna, e incluso la suave brisa que corría entre las casas que servían como único testigo de presencia humana parecía arrancar la poca vida que desprendía aquel lugar y, sin embargo, él volvía siempre allí, una y otra vez. El aire impregnado de salitre encharcaba sus pulmones y nublaba sus pensamientos, mientras ascendía por la vereda que discurría cerca del extremo oriental de la playa; no era la primera vez que recorría esa senda, y sin embargo nada le resultaba familiar. Ya nada le resultaba familiar. La sensación de desapego que sentía hacia el lugar que una vez llamó hogar se revolvía en su alma, a veces informe como el humo, a veces densa como la niebla, pero constante e impertérrita. “Llévame de este mundo,” repetía. “Llévame de este mundo y llévatelo todo.” Durante las últimas semanas había estado soñando con pasillos oscuros que no conducían a ninguna parte, con parajes desolados de gris y azabache, con bebidas de tinta y ceniza. Después de todo, ese lugar era un callejón sin salida, una tierra inhóspita en la que la fría piedra cubría hasta el último rincón, donde las cenizas eran todo lo que quedaba de una existencia consumida. La tinta era la única forma eficiente que encontraba de ahogar sus pensamientos. “Te necesito.” De nuevo hablaba al vacío, a un mar que sólo arrastraba agua y sal, a una tierra que sólo conocía la muerte. Las primeras motas de luz rayaban en el horizonte, y las nubes, presidiendo mayestáticamente la estampa, se hacían visibles. Cuando despertó, se encontraba aún en la playa, tendido sobre las rocas, desnudo. Desde allí podía oír el crujir de los árboles deshojados, y sus huesos parecieron querer acompañar la truculenta sinfonía. “Ya nada importa,” dijo, en una etérea mezcla de pensamiento y viva voz; aún así, nadie le habría oído, porque, en efecto, ya nada importaba. ¿Qué podía importar cuando las frías olas y las afiladas rocas habían despojado al hombre de su humanidad? Sus pisadas, bañadas en tinta, se alejaban de la costa, desollando sus pies, como cada mañana. La rutina de un alma varada en la playa no podía ser otra que sellar sus heridas con tinta que nunca seca.

Tensión de extremos

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Me siento en un torbellino de luces y sombras, de humo, de viejos fantasmas y nuevos horizontes, de incertidumbres y premuras, donde el cielo parece separar la tierra y el mar, donde todo lo que cristaliza parece detener el tiempo en vez de consolidar, en un infinito instante en el que tan pronto la duda asola la existencia como todo parece claro e intrascendente, caminando a veces sin rumbo, pero sin preocupación por donde lleven los pasos, inquietos como siempre, aunque cada vez más cansados, más apesadumbrados, más viejos, ansiosos por reencontrar un espacio en el que, al fin, pueda descansar de preocupaciones triviales, e incluso terrenales, en el que poder expresar esos valores sinceros, honestos a los que siempre se apela desde la segura distancia desde la que, de vez en cuando, tengo la sensación de observar la triste realidad que nos rodea, nos engulle y hace que nos ahoguemos en la tensión de extremos, gravitando en torno a experiencias que, si bien contrarias, reflejan las poliédricas caras que conforman nuestra compleja humanidad, esa de la que tantas veces renegamos, pese a que el día a día nos ha demostrado una y otra vez que, al fin y al cabo, es ineludible.