Monólogo Interior I

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Hoy me he levantado y lo primero que he hecho ha sido una tontería. Y por si alguien se lo está preguntando, sí, es algo bastante habitual en mí. Lo que pasa es que, normalmente, no suele trascender a mis redes sociales. En mis sueños encuentro un recoveco para crear, una fuente inagotable de inspiración que nace única y exclusivamente de mí, una magia por la que no le debo nada a nadie. Hoy he tenido uno de esos sueños que te hacen levantarte con ánimo y pensar “¡esta es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo!” Hasta que te das de bruces con la realidad.

No hay cosa que más odie que no poder llevar a cabo mis frecuentemente brillantes ideas. Y no es que me esté tirando flores diciendo que todo lo que pienso es digno de estudio, para nada; me refiero a que mis ideas más trabajadas, las más originales y las que, me parece, trascenderían más, siempre se dan contra un muro de realidad que no puedo sortear. Porque no sé, porque no tengo apoyo, porque no tengo medios, porque no puedo. Y es frustrante. Si quiero escribir un libro, me faltan palabras, prosa, interés. Si quiero dibujar una escena, me falta técnica, imaginación, color. Si quiero desarrollar un proyecto, me falta dinero, tiempo y conocimiento.

La sensación de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado y con las personas equivocadas. No es que no de gracias por cada minuto de mi vida y por todo lo que tengo, pero a veces parece que el destino, si es que existe algo similar a eso, se ríe en tu cara. Y es que, como en el póker, la apuesta puede salirte muy bien o terriblemente mal, puedes levantar otra carta o plantarte, pero jamás sabrás si has tomado la decisión correcta. Y las decisiones, buenas y malas, te persiguen para siempre, generando una infinidad de alternativas paralelas que nunca conocerás, que nunca llegarás a experimentar. En definitiva, vivir es cerrar puertas, pero por desgracia algunas de esas puertas son traslúcidas, cuando no de cristal.

No puedo evitar pensar que vivo con una falsa libertad, con unas ataduras de las que no soy dueño, condenado a no cumplir mis sueños porque no debo, o peor, porque no puedo. Sí, uno empieza a pensar que, aparte de todo eso, aparte de echarle la culpa al mundo, no tiene talento. Y ahí es cuando uno pierde las ganas de perseguir sus sueños e incluso de soñar. Ahí es cuando uno se hace mayor. Cuando no es capaz siquiera de expresar lo que siente por los demás sin dar vergüenza ajena. Es un proceso de autofagocitación avivado por las llamas de una maquinaria imparable que, de un modo u otro, al fin y al cabo, nos dice cómo vivir y cómo morir. Y por supuesto, que soñar es una tontería.

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Publicado el 20 julio, 2015 en Cosas de Nest. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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