Archivos Mensuales: mayo 2015

Pactar con el Diablo

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Te daré información de primera mano acerca de Dios. A Dios le gusta observar, es un bromista. Piénsalo. Dota al hombre de instintos. Os da esta extraordinaria virtud. ¿Y qué hace luego? Los utiliza para pasárselo en grande, para reírse de vosotros al ver cómo quebrantáis las reglas. Él dispone las reglas y el tablero, pero es un auténtico tramposo. Mira, pero no toques. Toca, pero no pruebes. Prueba, pero no saborees. ¡Jajaja! Y mientras os lleva como marionetas de un lado a otro, ¿qué hace él? Se descojona, se parte el culo de risa. Es un payaso. Es un sádico. Es el peor casero del mundo. ¿Y adoráis eso? Nunca.

Yo tengo los pies sobre el mundo desde que comenzó este puto juego. He alimentado todas las sensaciones que el hombre ha querido experimentar. Siempre me he ocupado de lo que quería y nunca le he juzgado, ¿por qué? Porque nunca le he rechazado, a pesar de todas sus imperfecciones.  Soy un devoto del hombre. Soy un humanista, quizá el último humanista. ¿Quién en su sano juicio, Kevin, podría atreverse a negar que el siglo XX ha sido mío por completo? Todo mío, Kevin, todo mío. Mío. Estoy pletórico. Ha llegado mi oportunidad, nuestro momento.

Al Pacino (Pactar con el Diablo, 1997)

En religión, ocultismo y folclore, un demonio es un ser sobrenatural descrito como algo que no es humano y que usualmente resulta malévolo. Sin embargo, la palabra griega original daimon es neutral y no contiene una connotación necesariamente negativa; más tarde se atribuyó ese sentido maléfico a cualquier palabra afín que compartiera la raíz, cuando originalmente fue prevista para denotar simplemente a un espíritu o un ser espiritual.

Sobre la base de las pocas referencias a los demonios en el Nuevo Testamento, especialmente en la poesía visionaria del Apocalipsis de Juan, los escritores cristianos apócrifos, del siglo II en adelante, crearon un tapiz más complejo de creencias acerca de los demonios, que fue en gran medida independiente de las escrituras cristianas oficiales. En varios momentos de la historia cristiana se han hecho intentos para clasificar a estos seres de acuerdo con diversas jerarquías demoníacas.

En el cristianismo contemporáneo los demonios son considerados, generalmente, como los ángeles que cayeron de la gracia al rebelarse contra Dios. Algunas denominaciones afirmativas de la fe cristiana también incluyen a los ángeles caídos como demonios de facto. En el cristianismo, un ángel caído es un ángel que ha sido expulsado del cielo por desobedecer o rebelarse contra los mandatos de Dios. Hay algunos que dicen que el pecado de los ángeles caídos fue el orgullo y la desobediencia frente a alguna prueba suprema que Dios les puso y que no pudieron pasar; en lugar de estar satisfechos con la dignidad que Dios les asignó, aspiraban a escalar más alto que el propio Hijo de Dios, actitud que habría provocado su caída irrevocable.

Sin embargo, otras escuelas de pensamiento en el cristianismo y el judaísmo enseñan que los demonios o espíritus malignos son el resultado de las relaciones sexuales entre ángeles caídos y mujeres humanas. Cuando estos híbridos, llamados Nephilim, murieron, dejaron sus espíritus desencarnados vagando por la tierra, dando origen a los demonios. La actual Iglesia Católica Romana enseña inequívocamente que los ángeles y los demonios son seres reales y personales, de carácter absolutamente espiritual, no sólo representaciones simbólicas de fuerzas naturales o tendencias psíquicas humanas.

Los Hijos de Belial

Algunos autores hermenéuticos relacionados con el cristianismo han creado una simetría entre la Trinidad católica (Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo), y una tríada supuestamente opuesta: Lucifer, Anticristo y Falso Profeta. Esos autores consideran que la Trinidad posee un proceso comunicativo intradivino que se inicia en el Padre creador, sigue en el Hijo salvador, y termina en el Espíritu Santo iluminador. Esas cualidades estarían reflejadas en la tríada inversa: primero Lucifer destructor, después el Diablo pervertidor (que supuestamente sería el Anticristo), y finalmente Satán oscurecedor.

Los católicos recogen en el numeral 391 del Catecismo que “El Diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos“, y en el numeral 392 del mismo catecismo se cita que “esta caída consiste en la elección libre de estos espíritus que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y a su Reino“. Para los católicos, Lucifer se condenó a sí mismo eligiendo voluntariamente el mal. De acuerdo a la demonología cristiana, los demonios fueron castigados eternamente, pues nunca se reconciliarán con Dios. Otras teorías postulan una reconciliación universal, en la que Satanás, los ángeles caídos, y las almas de los muertos que están condenados al infierno, se reconciliarán finalmente con Dios; esta doctrina es asociada a menudo con las creencias de la Iglesia de la Unificación.

Según la tradición cristiana, Belial es uno de los ángeles caídos. Belial, según La Biblia Satánica de Anton LaVey, es un poderoso demonio que representa al elemento tierra, complementándose con Satanás (elemento Fuego), Lucifer (elemento Aire) y Leviatán (elemento Agua). Se le da también los nombres de “señor de la arrogancia” o “señor del orgullo” y “el hijo del infierno”. Los pergaminos del Mar Muerto revelaron que, en el antiguo judaísmo, Belial era considerado la encarnación del Mal, como el Príncipe de las Tinieblas. Estos pergaminos describen la eterna lucha entre el Ángel de la Luz (Dios) y el Ángel de la Oscuridad (Belial); Para cuando se reanudó la escritura de la Biblia en el siglo I, el término Belial se usaba como un apelativo de Satanás. En el judaísmo los hombres impíos son considerados los hijos de Belial.

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Spyro Remake (I) Argumento y Objetivos

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Una de mis principales distracciones desde que tengo uso de razón es la de crear. No desde la nada, pues no tengo tanta imaginación como me gustaría; yo soy más como Sony: cojo cosas que han hecho otros y las mejoro y perfecciono (desde mi punto de vista, claro). Desde pequeño he sentido una gran devoción por los videojuegos, y en mi cabeza siempre hervían ideas para la próxima entrega de mi juego favorito, para esa segunda parte que sabía que nunca llegaría o para ese juego tan innovador y original que yo pensaba que no existía y que, con el tiempo, descubrí que ya había sido creado.

No fue el primer juego que pasó por mis manos, ese honor se lo reservo a Sonic, pero Spyro the Dragon fue el primer título al que jugué como tal. La magia que desprenden los mundos del primer Spyro me ha cautivado desde los seis, y quizás por eso no pasa un año sin que le de un repaso, cada vez más rápido, eso sí. Es por ello que hace un tiempo decidí imaginar una especie de reinicio de la saga original de PlayStation, con elementos jugables nuevos que lo acercasen más a las tendencias modernas, y tomando cierta inspiración de algunas de las localizaciones del mundo de J.R.R Tolkien, la Tierra Media. Empecemos por el principio, y poco a poco os iré desgranando el trabajo que he realizado hasta ahora.

Argumento

El Reino de los Dragones vive un periodo de paz que se prolonga por más de un siglo. Los Dragones más importantes del Reino se congregan en las Tierras Sagradas para una ceremonia muy poco habitual, la celebración del Año del Dragón, en la que se produce el nacimiento de toda una nueva generación de dragones. Los Huevos de Dragón se guardan con celo en una de las salas principales del Palacio Dragón, una fortaleza inexpugnable a la que solo tienen acceso los propios Dragones. Pese a que en dicha ceremonia nacerán los futuros dirigentes del Reino, ninguna criatura ajena a los Dragones tiene permiso para presenciar el milagro.

Spyro es un joven Dragón que aún no ha concluido su formación en las Tierras Sagradas, y la de este año será la primera celebración del Año del Dragón que presenciará, aparte de la de su propio nacimiento. Ese mismo día, Spyro se encuentra con un viajero de las lejanas tierras del este. Casi implorando, le pide a Spyro que le deje pasar al Palacio Dragón para contemplar la ceremonia, ya que es el sueño de su vida. Spyro accede a regañadientes y cuela al viajero en el Palacio, pero pronto descubre su error, pues el joven resulta ser el malvado y embaucador Gnasty Gnorc, el General de los Ejércitos Gnorc.

El plan de Gnasty consistía en acceder al Palacio para, primeramente, acceder a la Sala del Tesoro y robar no solo todas las Joyas y Reliquias de gran valor que allí se ocultaban, sino también el Anillo Maestro, símbolo de la regencia de los Dragones sobre los demás seres del Reino. Con el Anillo en sus manos, Gnasty desata su poder y lanza un Hechizo que afecta a todo el Reino, petrificando a casi todos los dragones. Aprovechando la confusión, una banda de maleantes conocida como los Ladrones Cobalto asaltan el Palacio en busca del tesoro más valioso que allí se guarda: los Huevos de Dragón.

Spyro contempla horrorizado las consecuencias de su inocente acto, y los pocos Dragones que no han sido afectados por el Hechizo Petrificador de Gnasty lo expulsan de las Tierras Sagradas, exigiendo como único billete de vuelta posible la reparación de todos los daños causados. El pequeño dragón, con su formación inacabada, comienza el viaje más largo de su vida…

Objetivos Principales

  • Derrotar a Gnasty Gnorc.
  • Recuperar el Anillo Maestro.
  • Liberar a todos los Dragones.
  • Recuperar todos los Huevos de Dragón.
  • Recuperar todo el Tesoro de los Dragones.

Objetivos Secundarios

  • Derrotar a todos los Jefes Secretos.
  • Reactivar todos los Portales Rúnicos.
  • Conseguir todos los Potenciadores de Sparx.
  • Realizar todas las Misiones Secundarias.
  • Conseguir todos los Puntos de Habilidad.

Tan cerca, pero tan lejos

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El más loco de todos

A ver, amigos míos, decidme, ¿quién conoce más dioses que yo?

Dioses de los caballos y dioses del fuego, dioses de oro con ojos de gemas, dioses tallados en madera de cedro, dioses esculpidos en montañas, dioses de puro aire…

Conozco a todos los dioses. He visto a sus pueblos ponerles guirnaldas de flores, derramar en su nombre la sangre de cabras, de toros y de niños.

He oído cómo les rezan. A todo lo largo y ancho de este mundo, en un centenar de idiomas, siempre rezan igual.

Cúrame la herida de la pierna.

Haz que esa doncella me quiera.

Concédeme un hijo varón fuerte.

Sálvame, socórreme, hazme rico…

¡Protégeme!

Protégeme de mis enemigos, protégeme de la oscuridad, protégeme del dolor de tripa, de los señores de los caballos, de los esclavistas, de los mercenarios que hay ante mi puerta. Protégeme del Silencio.

¿Crees que soy un hombre sin dios? Vamos, Aeron, ¡tengo más dioses que nadie que haya izado una vela! Tú, Pelomojado, sirves a un dios, pero yo he servido a diez mil.

Desde Ib hasta Asshai, cuando los hombres avistan mi barco empiezan a rezar. Soy la tormenta, mi señor. Soy la primera tormenta y la última

Los cristales de Mellowmede

Perdida en las nieblas del tiempo, la ciudad de Mellowmede se alzó un día como la capital tecnológica de los dominios del Rey Peregrino. El ancestral conocimiento de las antiquísimas piedras rúnicas, legado por el linaje de magos al servicio de la corte, les permitió profundizar en las entrañas de la tierra y extirpar sus más anhelados tesoros. De brillo, belleza y poder incomparables eran los cristales de Mellowmede, y la población de humildes mineros y pescadores pronto se convirtió en una de las civilizaciones más avanzadas del mundo.

Paralelamente al exponencial desarrollo tecnológico, surgió una incipiente avaricia en los espíritus de los habitantes de Mellowmede. La rivalidad era descarnada, y no pasaba un día sin que alguno de los más ilustres inventores de la ciudad se propusiese superar la ocurrencia de sus competidores. Uno de los más difíciles objetivos que se marcó la comunidad científica de Mellowmede fue atrapar con vida a una de las criaturas más exóticas del lago cercano a la ciudad, el Baku, un monstruoso ser acuático parecido a un elefante azul y dorado con espinas que se alimentaba, principalmente, y según decían los naturalistas de la época, de sueños y buenos pensamientos ajenos.

El primer intento de capturar a la criatura con la ayuda de los cristales fracasó, y provocó una tragedia de gran magnitud, hundiendo en las negras profundidades del lago la mitad de la ciudad de Mellowmede; los pocos habitantes que consiguieron salvarse lo perdieron todo. La desigualdad entre las dos nuevas facciones de la ciudad era obvia, y el recelo que los privilegiados guardaban hacia los supervivientes del desastre del lago se hizo cada vez más pronunciado, lo que empezó a levantar suspicacias, dejando a Mellowmede al borde de la guerra civil; una guerra que, por otra parte, habría acabado muy pronto, con todos los supervivientes masacrados bajo el poder de los cristales.

Uno de ellos, cuyo nombre ha quedado borrado de los libros de Historia por orden del mismísimo Rey Peregrino, al ser considerarlo “el más terrible de los herejes que ha pisado la Tierra”, decidió, cargado de orgullo y determinación, recuperar la fortuna que había perdido. Tras semanas de intenso trabajo sin resultado alguno, determinó que su problema era la falta de inspiración, y acudió a buscar su musa a un monte al noreste de Mellowmede. Tras varios días recorriendo la cumbre, alguien (o algo) se puso en contacto con él, una voz que le prometió la más perfecta obra de cristal que jamás hubiese conocido el hombre. El precio, sin embargo, era muy elevado, incluso para alguien tan ambicioso: dos almas humanas.

Tras varias jornadas meditándolo, se decidió a aceptar el pago que le exigía su misteriosa musa. Llegó a Mellowmede al amanecer, y encontró a su primera víctima lavando ropajes al margen del río. Sin pensarlo demasiado, tomó a la mujer por sorpresa y le rajó el cuello con un trozo afilado de vidrio, tal y como le había indicado su musa. El cristal, perfilado por fuego de dragón en las profundidades abisales de la cueva de Mellowmede, brilló imbuido por el alma que acababa de reclamar. Esperó hasta el anochecer para acorralar a su segunda víctima, un joven que observaba el cielo estrellado apoyado en el tronco de un árbol a las afueras de la ciudad. El corte, de nuevo, fue limpio, y segó el alma del muchacho.

Arropado por la oscuridad de la noche, viajó de vuelta a la cima del monte en el que había encontrado su ansiada inspiración. La musa tardó poco en quedar complacida al verle aparecer, y cumplió con su parte del trato, dando forma a una criatura colosal a partir del pedazo de vidrio con el que había cometido ambos asesinatos. Así fue como el Demonio de Vidriera tomó forma corpórea, y antes de que el hereje que le había dado vida pudiera reaccionar, acabó degollado del mismo modo que su mujer e hijo.

El Demonio de Vidriera causó estragos en Mellowmede, y aniquiló a casi toda su población. El Rey Peregrino se vio obligado a desplazar su corte hasta el monte al noreste de Mellowmede para dirigir a todos sus ejércitos contra la criatura, pero los esfuerzos fueron infructuosos. Sin embargo, un brillante joven, bastardo del Rey Peregrino, se percató de que el poder del Demonio de Vidriera procedía de las tres almas que había aprisionado en su corazón de cristal. El Rey convocó entonces a los mejores científicos de Mellowmede con el objetivo de que estos pusieran fin a las profanas actividades del Demonio, bajo la explícita orden de que esta sería la última vez que los habitantes del reino utilizarían la tecnología de los cristales de Mellowmede.

El artefacto que crearon, tras unos interminables meses en los que parecía que las fuerzas del Rey Peregrino no podrían contener más al Demonio de Vidriera, congeló su corazón y selló de ese modo las tres almas que daban vida el resto del cuerpo. Los restos inanimados del Demonio de Vidriera fueron transportados a una colina al sur y quedaron sellados en el altar principal de un templo maldito; el corazón helado fue enterrado en las profundidades del mismo mausoleo, custodiado desde entonces y para siempre por los innumerables soldados que habían dado su vida combatiendo al Demonio de Vidriera y a la avaricia e injusticia de las ennegrecidas almas de los habitantes de Mellowmede, consumidos por el poder de aquellos cristales.

La vida es como el mear

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A veces me pasa que voy al baño a aliviarme (uno de los pocos placeres cotidianos que nunca pasan de moda) y, cuando estoy ahí, de pie, pensando en que las humedades del techo están cada vez peor, me sube un ligerísimo aroma que a menudo identifico con el curry del arroz del mediodía o el vaso de leche que tomé diez minutos antes. Es muy tenue y diáfano (cualquier otro olor lo taparía), pero perfectamente reconocible.

Hace poco iba por la calle con unos amigos y, cruzando un callejón de esos oscuros que son el hábitat natural de los matones de Hollywood, uno de ellos exclamó “¡Vaya peste a ‘meao’!“. Era verdad, olía a meado. El meado huele mal, todos lo sabemos. Probablemente el autor del producto en forma de charco entre dos contenedores había comido pollo frito o hamburguesa, y habría bebido cerveza hasta hartarse. Pero el meado no olía a hamburguesa. Olía a meado. Olía mal.

Mi meado también olía a meado. Y olía igual de mal que el de los demás, pese a que yo no lo advirtiese en mi recreo diario en el servicio. ¡Qué horrible sería ser consciente de que uno hace algo tan desagradable cada día!

Que actúes siempre igual y no te des ni cuenta no quiere decir que lo hagas bien. Y, lo que es más importante, no quiere decir que los demás no se den cuenta. La vida es como el mear: hay cosas que hacemos mal y no podemos cambiar, pero conviene ser conscientes de que las hacemos.

Robado vilmente del Facebook de alguno de mis anónimos contactos

 

Los Hombres Quebrados

Los Hombres Quebrados

[…] Los hombres quebrados pueden ser igual de peligrosos, pero tambien son dignos de compasión. Casi todos son gente sencilla, hombres del pueblo que nunca habían estado a más de media legua de la casa en la que nacieron hasta que un día, un señor cualquiera se los llevó a la guerra. Mal vestidos y mal calzados, marchan tras sus estandartes, a veces sin más armas que una guadaña o una hoz, o una maza que se han hecho ellos mismos atando a una piedra un palo con tiras de cuero. Los hermanos marchan cono los hermanos; los hijos, con los padres; los amigos, con los amigos. Han oído las canciones y las anecdotas, así que caminan con el corazón anhelante, soñando con las maravillas que verán, con las riquezas y la gloria que conseguirán. La guerra les parece una gran aventura, la mayor que vivirá la mayoría de ellos.

Luego prueban el combate. Algunos se quiebran nada más probarlo. Otros aguantan años, hasta que pierden la cuenta de las batallas en que han intervenido, pero alguien que sobrevive a cien combates puede quebrarse en el ciento uno. Los hermanos ven morir a sus hermanos, los padres pierden a sus hijos, los amigos ven a sus amigos tratar de volver a meterse las tripas después de que los haya rajado un hacha. Ven caer al señor que los llevó allí y, de repente, otro señor les grita que ahora lo sirven a él. Reciben una herida y, cuando todavía la tienen a medio curar, reciben otra. Nunca tienen comida suficiente; el calzado se les cae a pedazos de tanto caminar; la ropa se les desgarra y se les pudre, y la mitad se caga en los calzones porque ha bebido agua que no era potable.

Si quieren unas botas nuevas, una capa más caliente o, tal vez un yelmo de hierro oxidado, tienen que quitárselo a un cadáver, no tardan en robar tambien a los vivos, a los aldeanos en cuyas tierras luchan, a hombres como los que eran antes ellos mismos. Les matan las ovejas y les roban las gallinas, y de ahí a llevarse tambien a sus hijas sólo hay un paso. Y un día miran a su alrededor y se dan cuenta de que todos sus parientes y amigos han desaparecido, de que luchan al lado de desconocidos y bajo un estandarte que ni siquiera identifican. No saben dónde están ni cómo volver a su hogar; el señor por el que luchan no sabe ni cómo se llaman, pero ahí está siempre, gritándoles que formen una línea con sus lanzas, sus hoces, sus guadañas, para defender la posicion. Y los caballeros caen sobre ellos, hombres sin rosotro envueltos en acero, y el retumbar de su ataque parece llenar el mundo…

Y el hombre se quiebra.

Da media vuelta y huye, o se arrastra entre los cadaveres de los caídos, o se escabulle en plena noche y busca un lugar donde esconderse. A esas alturas, los hombres quebrados ya ni piensan en volver a casa. Los reyes, los señores y los dioses les importan menos que un trozo de carne medio podrida que les permita vivir un día más, o un pellejo de vino agrio con el que ahogar sus miedos unas horas. Viven de día en día, de comida en comida; son más animales que humanos.